La duda aparece por buenos motivos, no por ignorancia. Instagram funciona, te trae clientes de verdad, no te cuesta plata directa y ya sabés usarlo. La web, en cambio, es un gasto del que nadie te explica bien el retorno, que además viene con un plazo, un proveedor y una dependencia. Puesto así, la decisión racional es quedarse quieto. Y muchas veces quedarse quieto es efectivamente lo correcto, cosa que casi ningún estudio de diseño te va a escribir en su propia página.
El problema del sí-o-no es que esconde lo que de verdad se está eligiendo, que es dónde poner el próximo peso y la próxima hora. Y ahí la comparación cambia de forma: Instagram cuesta poco dinero y mucho tiempo tuyo, todas las semanas, para siempre. Una web cuesta más dinero al principio y muchísimo menos tiempo después. Si dejás de publicar un mes, tu Instagram se apaga; una web que nadie tocó en un mes sigue trabajando igual. Ninguna de las dos es gratis: una la pagás en pesos y la otra en domingos a la noche contestando mensajes.
Así que en vez de convencerte de nada, esta página hace tres cosas. Primero separa qué trabajo hace cada canal, que es donde se aclara casi todo. Después te da seis preguntas concretas para responder solo. Y por último, dice sin vueltas en qué casos te conviene no gastar en una web todavía y en qué gastar la plata en su lugar.